Haruki Murakami - Tokio Blues
Acabo de terminar Tokyo Blues de Haruki Murakami y, aunque me entretuvo, no puedo decir que me deslumbró. Es una historia que te mantiene conectado, sí, pero todo el tiempo sentí que se iba a revelar algo más. Pensé que en algún punto la trama daría un giro inesperado, algo que explicara por qué todo parecía tan raro, tan suspendido, tan silencioso. Esperaba un thriller, un descubrimiento absurdo que reconfigurara todo. Pero no. Nunca pasó nada. O mejor dicho, sí pasaron cosas, pero nunca llegó esa gran explicación.
El protagonista es un joven universitario, Toru Watanabe, que atraviesa un momento de profunda confusión emocional. Su mejor amigo se suicida y él comienza a relacionarse con la exnovia de este, Naoko, una chica con serios problemas mentales que termina internada en un sanatorio en las montañas. Al mismo tiempo, conoce a Midori, otra chica que también tiene su toque de locura y con quien empieza una relación rara, que lentamente se transforma en amor.
Y por si fuera poco, hacia el final también se involucra con Reiko, la amiga y cuidadora de Naoko, en una escena sexual que me pareció completamente fuera de lugar. Ya para ese punto, parecía que Toru tuviera algún tipo de imán sexual con todas las mujeres de su entorno: la exnovia del amigo muerto, la amiga de esa novia, la compañera universitaria, la novia del otro amigo de la universidad … literalmente, o se acuesta con todas o al menos les tiene ganas, unas ganas inocentes porque no encajan. Hay algo en esa dinámica que no termina de cerrar, que suena más a la fantasía de un narrador masculino que a una construcción realista de personajes.
Las escenas sexuales en general no me parecieron creíbles. Se sienten me mentira, un exceso de sinceridad al hablar los personajes que no sucede en la vida real y además un mundo donde las mujeres siempre están deseosas de hacer una felación y el sexo es inevitablemente triste o extraño. Tal vez sea parte del estilo de la época —el libro fue publicado en 1987—, o tal vez simplemente es una mirada muy masculina sobre la sexualidad. En cualquier caso, no conecté con esas escenas.
El final… bueno, no es un final. Es una pausa. Toru llama a Midori y le dice que la ama. Ella le pregunta: “¿Dónde estás?” y él se da cuenta de que no sabe. Está perdido. Literal y metafóricamente. Un cierre abierto, que deja al lector con esa misma sensación de desorientación que recorre toda la novela.
¿Lo recomiendo? Sí, en el sentido de que es una obra culturalmente interesante, sobre todo si uno quiere entender por qué Murakami es un autor tan reconocido. Pero no me pareció un libro inolvidable. Me entretuvo, pero no me dejó ninguna frase para subrayar, ningún momento para recordar con fuerza. Está escrito en primera persona, desde la perspectiva de un narrador adulto que recuerda los hechos ocurridos entre sus 17 y 20 años, pero eso nunca termina de tener sentido. ¿Por qué es tan adulto al narrar? ¿Qué aprendió? ¿A dónde llegó? El libro no responde a eso.
Murakami no parece interesado en dar explicaciones ni cerrar arcos. Más que ofrecer respuestas, lo que hace es construir una atmósfera: de melancolía, de soledad, de desconexión. El narrador adulto no está ahí para reflexionar ni para mostrar cuánto creció, sino simplemente para recordar desde el vacío, como si nada hubiera cambiado realmente. Y quizás eso es lo que más desconcierta: que no hay aprendizaje claro, que el personaje no madura, que al final sigue igual de perdido que al principio. Tal vez esa sea la intención, mostrar que hay vivencias que no se entienden nunca del todo y que no siempre hay moraleja. Pero igual se siente raro, como si nos hubieran prometido una transformación que nunca llegó.
En resumen: Tokyo Blues me pareció una lectura entretenida, melancólica, íntima… pero no reveladora. No cambió nada en mí. Y eso, para mí, marca la diferencia entre un libro bueno y uno realmente grande.

Comentarios
Publicar un comentario