Piedad Bonnett – La mujer incierta
Espectacular. Este libro es de todo mi gusto literario en este momento de mi vida. Piedad narra con sinceridad absoluta su vida y sus experiencias tipo un monólogo interior largo y muy reflexivo, sobre todos los temas que nos aquejan como seres humanos.
Es un libro transparente, con una narradora honesta y coherente que muestra una perspectiva angular y explícita de su vida y sus caminos recorridos. Habla del pudor, de la maternidad, de su infancia, de su familia, de sus estudios, de su carrera, de la muerte, de sus creencias. En general habla como de todo lo que me interesa, por eso me encantó.
Aquí están mis frases favoritas.... quizá no están literalmente puntuadas porque son copiadas de audible.
Este libro nació cuando el desconcierto general frente a la pandemia me llevó a reflexionar sobre mi propia relación con la enfermedad y la muerte. Como en todo libro de fondo autobiográfico, la escritura fue un camino de reconocimiento, una inmersión en la memoria que me permitió revisar mi propia vida e ir llegando a otros temas. Pero lo que el oyente encontrará en estas páginas no son unas memorias, pues en forma deliberada he dejado muchos aspectos de mi vida en la sombra.
De todos modos, y a pesar de la pacata a la reconvención de mi madre, encuentro que el pudor es bello en su contención y su misterio, en su discreta elegancia. La vergüenza es un sentimiento insoportable, porque a veces se confunde con la humillación, y otras nos acerca al precipicio del ridículo.
Con José supe por primera vez que el amor, aunque ese no era amor, sino deseo del amor, nos pone irremediablemente en condición de dependencia. Que el amor nos descerebra y nos hace profundamente vulnerables y nos condena a salir heridos. Con José también supe por primera vez de la violencia masculina.
La psiquiatra Marie-France Irigoyen escribió: Por una parte se educa a las niñas para que esperen al Príncipe Azul y por otra, se las previene contra todos los hombres. Una vez convertidas en mujeres, no han aprendido a confiar en sus sensaciones ni a filtrar de los verdaderos peligros.
La relación entre cuerpo y yo es quizás el complejo más misterioso de nuestra existencia, escribe Jenna Marie. En la cotidianidad no somos conscientes de nuestro cuerpo. El cuerpo está encerrado en un yo, que a su vez está afuera, en otro lugar, en el espacio del mundo, donde uno se convierte en nada.
El escritor hace tres movimientos mentales mientras escribe. Va hacia adentro, hacia su yo más profundo, buscando el filón de la memoria, en la que caben todas las lecturas convertidas ya en experiencia. Hacia afuera, hacia la página que se prepara ya para un lector, donde cada palabra aspira a la precisión o a la revelación, y hacia los lados, en un incesante ejercicio de relacionar.
... pasó a ser un cuerpo embalado en el ataúd en que regresaba a casa acompañada de sus padres, que enloquecidos de dolor fueron a recoger su cadáver. La madre, una mujer mundana y divertida, hasta entonces católica fervorosa, sólo encontró consuelo insultando a Dios y renegando de su existencia. Yo que ya había dejado de creer en Él, hallé razonable su furia.
La muerte era un azar. Podía sobrevenir intempestivamente, como una tormenta de verano. Ser despiadada, inesquivable. No sabía que en cierto momento yo iba a desearla. Cuando nos habita un desasosiego crónico, éste va cambiando de naturaleza, como la comida reciclada de mi madre para evitar el desperdicio.
(La hipocondría) ...por un tiempo habitó mi vida, que estaba agobiada por el estrés y la insatisfacción, y luego debí cambiarla por alguna otra manía, tal vez la de escribir, que me ha salvado de tantas cosas. El arte presupone una intensa relación con la muerte. Escribe Byung-Chul Han en uno de sus libros más hermosos, Vida Contemplativa. El espacio literario se abre en el ser para la muerte. Escribir es siempre escribir para la muerte. El caso es que la hipocondría es un mal que aqueja a muchos espíritus hipersensibles y que ha agobiado a muchos artistas.
...estaba convencida de que pertenecía a la categoría de otros elegidos, la de los intelectuales. Y es que desde antes de entrar a la universidad, yo iba por ahí caminando con displicencia, convencida de que era distinta de la horda que se aprestaba a estudiar ingeniería o economía. O peor aún, de esas mujeres que en vez de entrar a la universidad, tomaban cursos libres y se dedicaban a buscar un marido.
Porque mi vida es muelle, pensaba. Convencida de lo que tanto me habían dicho mis compañeros de la izquierda. Porque le falta sordidez, dificultad. Porque eres una burguesa acomodada. Quería pasar el límite aséptico de mi calle, de mi barrio.
Lo peor de una depresión, un término incomprensible para el que no lo ha vivido, son dos cosas. Sentir que nada del mundo te interesa y no poder desconcentrarte de ti mismo. Al despertar, examinarse por un momento, a ver si hoy ya se realizó el milagro, si hay paz. Quizá algo de dicha, un poco de energía.
Creemos ilusamente que lo que escribimos es necesario para el mundo. Buscamos cada palabra como el coleccionista busca en la arena la concha perfecta, la del lomo estriado o la entraña púrpura, o la modesta pero hermosa en su simplicidad. Y lo hacemos con concentración de científico durante horas y horas, hasta que el cerebro nos pide que hagamos pausa porque está a punto de rendirse.
Los autores de textos autobiográficos prometemos hacer un pacto con la verdad. Pero no hay tal verdad, al menos de modo objetivo. Solo un intento de honestidad, una palabra que algunos piensan que no se aplica al oficio creativo.
En esas cartas me veo de una manera que jamás me habría revelado la memoria involuntaria, que es caos puro, un universo de partículas flotantes que por sí solas no significan nada, y que solo empiezan a hablarnos cuando las cazamos y las juntamos convirtiéndolas en relato. Porque narrar el pasado significa crear un orden, construir un sentido, tratar de fijarlo sabiendas de que él será siempre como uno de esos sueños que tratamos inútilmente de contarle a otro. Algo volátil, a punto de escaparse.

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